Salió como todos los días, un ritual que llevaba cumpliendo desde hacía… ya había perdido la cuenta…
Había comenzado, por desesperada necesidad. Pero conforme pasaba el tiempo, fue convirtiéndose en su modo de vida. Se levantaba todas las mañanas, apenas despuntaba el primer rayo de sol, miraba por la ventana de su apartamento en el catorceavo piso, del edificio Gran Avenida. No era ostentoso, más tampoco se lo podía catalogar de modesto. Disponía de todo aquello que cualquier mortal, espera de la vida: un excelente mobiliario, televisión de plasma de 47”, con lectora de Dvd, televisión satelital y un equipo de música que jamás lo pondría a todo volumen, pues estallarían los cristales por la potencia que ostentaba. Una cocina amoblada con todo nuevo y de alta tecnología… hasta un comedero para el gato, automatizado!
Pero lo cierto es que pese a tener una vida de empresario, que en su garaje, descansaba un BMW no muy nuevo, pero impecable. No se tenía noticias de que “Tico” (diminutivo de Vicente) lidiara con empleados en alguna fábrica. No estaba en política tampoco. Era una persona afable, con buenos modales y muy sencillo.
Al terminar de beber su café, se levantó del sillón de piel con sistema de masaje… una verdadera maravilla de la tecnología. Iba a ser un día bueno, las temperaturas no bajarían, por lo que no iría muy abrigado. Llevaba una camisa de mangas cortas, un pantalón de tela liviana, una boina y gafas negras. Un atuendo poco esperado para un señor de su posición.
Al acercarse a la puerta, cogió del paragüero de alpaca labrada, un bastón blanco. Salió, cerró la puerta (por supuesto, cierre magnético). Subió al ascensor. El empleado le saludó con deferencia. Una vez en planta baja, salió a la calle. Fue al metro, a dos manzanas de allí. Pasó por el lateral de la boletería… los ciegos nunca pagan. Se dirigió hasta la terminal y una vez allí se apostó junto a las escaleras mecánicas, colocando prolijamente la boina en el suelo. |