Con Jane Seymour llegó un hijo varón, Eduardo, quien presentó siempre una salud débil.
Su madre murió doce días después del parto, dejando a Enrique con su ansiado varón pero que no aseguraba para nada la continuidad de los Tudor en el trono. Había que buscar a otra esposa.

Llegó la cuarta reina, Ana de Cleves, que fue la que duró menos en la corona pero logró salir con vida.
Traída de Alemania gracias a negociaciones del canciller del reino de Inglaterra, el protestante Thomas Cromwell, Ana nunca gustó al Rey, y su matrimonio nunca fue consumado. Enrique, como excusa para anular el matrimonio, testificó que Ana tenía un precontrato matrimonial con Francisco, hijo y heredero del duque de Lorena y que, además, su matrimonio con Ana no fue consumado.
Ana aceptó la anulación del matrimonio y obtuvo varios terrenos. En cambio, Thomas Cromwell no tuvo la misma suerte y pagó su “error” siendo decapitado por un verdugo que... no acertó a la primera.
El Rey deportista hacía años que se había desvanecido. Enrique se convirtió en el Rey más grande de Inglaterra, pero no por sus hazañas, sino por su peso
Catalina Howard, Ana Bolena 2.0. Sufría de obesidad mórbida y tenía varias enfermedades, además de las infecciones y de las úlceras de las que hemos hablado antes. Seguramente, por culpa de una dieta llena de carne, sufrió diabetes.
Su quinta esposa fue Catalina Howard, que con 17 años, fue otro intento de Enrique para engendrar a un segundo varón. Pero Catalina no quedaba encinta y empezaban a surgir voces que acusaban a la Reina de ser infiel a su marido.
Las evidencias eran demasiado claras y Catalina fue decapitada en la Torre de Londres siguiendo el mismo destino que su prima, Ana Bolena.