Casi en seguida, se lavaron y se sentaron a la mesa para cenar, los cuatro sin mucho entusiasmo.
Los varones, taciturnos, hoscos y con las miradas fijas en sus platos. Las mujeres, curiosas y expectantes, sin animarse a preguntar nada que rompiese la fragilidad de aquel precario equilibrio.
Se fueron a la cama a una hora bastante tardía para lo que eran sus costumbres cotidianas. Gracias a Dios que contaban con pequeñas habitaciones separadas, pensó Alsacio, pues sabía lo que le esperaba antes de que pudiera dormirse.
Mientras su mujer, con el camisón ya puesto, se deshacía las trenzas, cepillándose el cabello con esmero y lentitud, lo miró con ojos inquisidores que lo conminaban a dar algún tipo de explicación.
Una vez en el lecho, con luz y voz apagadas, hablaron largo y tendido. Él, volcando toda su frustración y la vergüenza de no haber podido aclarar las cosas como debía, sintiéndose cada vez más desgraciado, y ella, enternecida y comprensiva, pero con una cohibida sonrisa maliciosa a flor de labios.
El gaucho repetía una y otra vez, con inconsciente remordimiento, su argumento monotemático, dado que su tosca formación no le permitía mayor flexibilidad a su lógica.
El niño no había visto lo que creía haber visto y punto. Esto, Alsacio se lo repitió hasta el cansancio, pero hasta ahí, sin decir más, después de haber visto donde había ocurrido la escena y hablado brevemente con el dueño de esas tierras.
Pero el chico demandaba terca, insistentemente, una explicación plausible sobre lo que entonces aquella horrible visión había sido en realidad.
Y cómo, se preguntaba el gaucho con lastimosa desesperación en su trémula voz. Cómo podía explicarle al gurí, que lo que estaba sobre esa loma no era una taperita, sino el retrete de don Bartolo, quien en ese momento estaba haciendo uso del mismo y al cual el viento le había volado dos tablones la noche anterior...
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