Por Magda R.
Martín
“DEDICADO A LA MEMORIA DE MIS PADRES
FRANCISCO Y VALENTINA
CON TODO MI AMOR”
LA CASA
Me paré frente a la casa. Todo era destrucción a su alrededor. El resto de los edificios que formaban la manzana ya habían sido demolidos y solo ella quedaba en pie como si se tratara de un milagro.
Un fuerte impulso provocado por un sueño en el que mi madre repetía con ansiedad una misma frase: “La casa de Ondarreta, la casa de Ondarreta…”, me había llevado a San Sebastián, mi ciudad de nacimiento, en un corto viaje de ida y vuelta, para intentar descifrar aquellas palabras sin sentido para mí.
El tren me dejó en la estación sobre las tres de la tarde e inmediatamente me dirigí al Barrio de Ondarreta donde se encontraba la casa en la cual habíamos nacido todos los hermanos y vivido durante un largo tiempo. Iba nerviosa, con una extraña sensación de inexplicable premura, como si tuviera una cita con un amante desconocido.
En cuanto atravesé el túnel que deja atrás la playa de La Concha, vi la casa. Solitaria, erguida entre los escombros. Lentamente me acerqué y me detuve frente a ella mientras recordaba tantos años vividos entre sus paredes. Ahora los muros estaban oscuros, envejecidos por la pátina del tiempo. Los balcones, cubiertos por
persianas destrozadas, escondían su interior de curiosas miradas. Levanté mis ojos hasta la buhardilla que destacaba entre el bermellón de la cubierta del tejado como si fuera una atalaya en la que, una ventana por donde infinidad de veces se había podido contemplar el bravío mar, estaba clausurada con una tabla dando una fuerte impresión de abandono, destrucción y muerte.