anterior
siguiente
Pensamientos y esperanzas
por Diana Ríos
Ustedes los machos y nosotras las hembras
 
 

—Mamá... ¿Qué cree?
—¿Qué pasó hija mía?
—¡Voy a tener un hijo!
—¡Qué bueno! ¿...Y qué  te dice Salvador?
—¡Ohh, me trata muy bien mamá! Me ha traído un ramo de flores e incluso ¡hizo él la comida!

Por fin podía dar buenas noticias en un marco de felicidad y bienestar.

Al otro día,  esperé compartir todo mi sentir con mis amigas del trabajo. Todas me abrazaron y felicitaron. Realmente era un gran momento para mí, seguía repitiéndome mientras mi sonrisa no se apagaba  y con parabienes continuaban prodigándome  los amigos y conocidos.

Después de varios días, algunos vómitos regulares se presentaban, cosa que, aunque molesta, reafirmaba mi maternidad, así que eran recibidos paciente y con amor; todo lo que tuviera que ver con mi niño o niña, estaba bien. Pasaba un día, Salvador todo un magnífico padre. Segundo día, no tomaba porque me hacían daño sus corajes.  Tercer día, nada de bebida..., y yo feliz. Mi matrimonio parecía una bendición. Empezaba a vivir lo que realmente era una familia. Cuarto día... Comencé a notar a Salvador un poco ansioso. Quinto día... No pudo aguantarse y me dijo solícito:

—¿Me das permiso para ir con mi compadre por unos asuntos que tenemos que resolver?  ¿Estarás bien?
—¡Claro! —Le dije.

Salvador había cambiado y tenía toda mi confianza.  Pero pronto,  las viejas costumbres retornaron. Se iba por cualquier asunto y pasaban los segundos, minutos, horas y  esa sensación de inseguridad y desprotección volvía a invadirme. ¿Dónde estará?  Me preguntaba una y otro vez... ¡No, no y no!, me repetía,  no me puede defraudar de este modo.  Allí me encontraba entre sollozos, desesperación y la tristeza regresaba para quedarse.

“Mi hijo podrá más que todo”.  Me repetía para no decaer: él está feliz, sé que no beberá como siempre... “Soy tonta, muy tonta por pensar que podía cambiar”. Me jalaba los cabellos, castigándome por haber creído que había cambiado. Debo reconocer que por  trigésima vez me equivocaba. Salvador no llegaba hasta ya pasada la media noche, fiel a sus viejos hábitos. Yo llorando, angustiada, llamándole.Él siempre mintiendo... “ahorita voy solo termino este asunto”. En una ocasión de tantas trasnochadas que vino como a las tres de la mañana,  entraba con cuidado de no hacer ruido.  Abrió la puerta, yo me hacia la dormida porque ya no tenía caso pelear ni decir nada; mi matrimonio volvía a hacer el mismo de siempre, solo que ahora tenía que cuidar mi bebé.

 
  menu 128