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Algo que contar
por Diana Ríos
Ustedes los machos y nosotras las hemrbas
 
 

Después la una. Yo seguía ahí, como una tortilla enredada, esperando que apareciera. Por fin a la una y media, escuche como abrió el picaporte de la puerta. Me imagino, que entró con sigilo, porque casi no se escuchaba ruido alguno. Con mucho esfuerzo, logré escuchar sus pasos dirigiéndose hacia la habitación, pero no dijo absolutamente nada, ni me llamó siquiera.  Siguió hacia el otro cuarto y sólo llegué a oír que dijo. ¡Uyyy se fue! Algo desconcertado, ¡pero nada más!  Después, viendo que “yo no estaba”, se condujo más relajado, regresó al cuarto (donde me hallaba escondida), y se acostó.  Lo supe por el rechinar de la cama.  Pero de reacción, desesperación... Nada.  No me funcionó el plan. Así que con sumo cuidado, tuve que salir de mi escondite. “¡Según mi gran plan...  se iba a asustar! ¡Me iba a buscar toooda la noche!”  

Cuando pasé junto a él, vino a mí un vaho a alcohol. Olía muy fuerte... como a cerveza. Y sin ningún signo de preocupación, el señor estaba profundamente dormido. Nunca se enteró que me había escondido, mucho menos de mi sufrimiento, ni de mis lágrimas. Tampoco de mi risa tonta, esa, que enmascaraba mi tristeza, mi soledad.

Lo único que atiné esa noche a hacer, fue caminar hacia la cama despacito, me acosté junto a él. Aguardé,  esperaba ese dudoso milagro que despertara y me diera alguna razón de su tardanza. Pero, como no es un cuento de hadas, eso no pasó. Nada sucedió, ni una caricia, ni una sola palabra. Sólo el típico resoplido de quién cayó fulminado tras la juerga. Esa noche, nada podía hacerse.

Todo había sido en vano, lo único que había obtenido fue un soberano dolor de huesos por estar tanto tiempo en una postura por demás incómoda en el closet.  Sin embargo, aún así, reía. De lo malo, tenía la suerte de rescatar un matiz risueño gracias a mis ocurrencias.

Sin embargo el tiempo me mostraría con terrible crudeza, la lección que aprendería en mi matrimonio. Lo que el olor a alcohol significaría en mi vida.  Empezaba  a reconocer que mi pareja bebía, y de una manera que perdía la noción de las horas y que ni siquiera se acordaba de mí.

A partir de entonces, las noches en mi vida, eran sinónimo de llanto, soledad y desesperanza.  Nunca pensé lo que en mi hogar significaría ese peculiar olor a cerveza. Todas las malas consecuencias y penurias por las que debería atravesar. Sé muy bien, que en muchas casas esa situación es muy común,  cosa de todos los días. No por eso aceptable. Sin embargo,  si no te vas, terminas cediendo.  De no estar decidida a finiquitar con la persona, sea por amor, por miedo... o por el qué dirán,   acabas haciendo como mímico lo que a ellos les gusta: sí querido, no querido... Todo bien amor... ¿Realmente, estaba todo bien? ¿Así terminaría yo?

 
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