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Alpana
 
 

El Trastero

-Cariño, baja al trastero a por la maleta, la grande con ruedas –dijo ella mientras buscaba la crema bronceadora arrodillada frente al mueble del lavabo.
-¡Voy enseguida, amor! –Contesté con musicalidad y choteo, mientras mi Kalashnikov escupía medio cargador sobre un asqueroso y hambriento mutante.
-Y no te olvides de la bolsa de playa y la sombrilla.
-Claro que no, amor –aseguré con choteo y musicalidad, pulsando “R” para recargar.
-Como me vuelvas a llamar “amor”, te doy con la sartén en la parte que más quieres –amenazó ella con el mismo soniquete.
-Ahora subo, vida –contesté, dejando el juego en pausa. Agarré las llaves y salí a la escalera. Llamé al ascensor y me puse a silbar el Waka-Waka mientras esperaba. Estaba de buen humor. De muy buen humor. Y no sólo porque España acabase de ganar el Mundial, sino porque después de trescientos treinta y cinco días de tragar con los caprichos y desvaríos de mi incompetente jefe, por fin al día siguiente, aunque lloviese, cayese sobre nosotros una de las siete plagas de Egipto o estallase una guerra nuclear entre Kirguizistán y Seychelles, mi chica y yo nos íbamos a la playita. Sol, arena, agua, cerveza, tapitas, siesta, discoteca, mojitos  y polvete día, sí y día también. Me dejé llevar por la música y empecé a mover las caderas mientras daba la vuelta en el sitio en un torpe intento de imitar a Shakira, cuando se abrió la puerta del ascensor y apareció el vecino del C que volvía del trabajo, con la chaqueta colgada del brazo, el nudo de la corbata flojo, la camisa sudada y una cara de ajo que se transformó en una extraña mueca que trataba de disimular la risa al verme con la cadera para un lado y los brazos en alto.
-Holaaaaa –dije, intentando recobrar la compostura, colorado como el gazpacho.
-Qué –dijo él— ¿Estamos de buen humor?
-Sí, es que mañana nos vamos de vacaciones y claro, ya sabes...
-Ya, ya... Bueno, que lo paséis bien –dijo sacando sus llaves.
-Gracias, hasta luego.

Me metí en el ascensor y apreté el botón del sótano uno. Justo antes de cerrarse la puerta le escuché decir adiós. Me apoyé contra el espejo y me reí de mí mismo, pero en seguida moví de nuevo las caderas y canté “Tsamina mina eh, eh, Waka waka eh, eh” hasta que un ding-dong y una voz metálica de mujer que dijo “Sótano... uno...” me indicaron que había llegado a mi destino. Salí del ascensor, encendí la luz, dos puertas anti-incendio, y salí al garaje. Sí, el edificio donde vivo es un laberinto de pasillos, puertas y recovecos, así que hay que atravesar el garaje para ir a la zona de los trasteros. Después de cruzarlo de punta a punta accedí a otra escalera, con otras dos puertas anti-incendios, más pasillo, y otra puerta más que, esta vez sí, comunicaba con el pasillo de los trasteros. Pulsé el interruptor de la luz y… vaya, no funciona, pensé.

 
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